La paradoja de la austeridad es un concepto bien conocido en economía, que, aunque discutido, viene a decir que, si toda la población tiende a ahorrar en mayor proporción de lo habitual, producirá un descenso de la actividad económica que finalmente provocará el efecto contrario, menores ingresos y menor capacidad de ahorro.
Es el típico ejemplo de círculo vicioso. Sin entrar en valoraciones acerca de si esta afirmación keynesiana es correcta, podemos encontrar últimamente en medios especializados a columnistas de renombre internacional vaticinando el fracaso de la política de austeridad y pronosticando unos resultados también contrarios a los pretendidos.
Que tenemos que ahorrar como país, parece evidente. Lo que no parece tan claro es que tengamos que hacerlo de forma tan abrupta.
El período fallido de convergencia con Europa, desaprovechado bajo el sueño de un crecimiento basado en un aumento de la deuda, no va a poder ser corregido en un plazo corto de tiempo. El sector privado está endeudado y no es productivo, por lo que no va a generar inversiones ni crecimiento. Si el sector público no toma el relevo (y por diseño, no lo va a hacer), ¿quién va a generar el crecimiento? Debido al paro, las familias consumen menos, el gobierno presenta unos presupuestos restrictivos, el sector privado no vende y por lo tanto no invierte. No compra nadie y como las compras equivalen a las ventas y la suma de las ventas es el PIB, éste descenderá de forma inevitable, empeorando la situación.
Leía recientemente un artículo en la revista norteamericana ‘Fortune’ en el que se hacían reflexiones respecto a la deslocalización sistemática de sus empresas en arasde una mayor rentabilidad aparente.La idea era muy básica; los beneficios de la recolocación en otros países no recaían en la ciudadanía norteamericana, cuyo índice de paro también aumenta. ¿Para qué lo hacemos entonces?, era la pregunta.Los pretendidos beneficios de la deslocalización comienzan, curiosamente, a generar perjuicios. El objetivo de ahorrar de forma súbita va a suponer requerir menos trabajo de nosotros mismos. Paradójicamente, vamos a ser un país necesitado de servicios (por ejemplo sanitarios) y lleno de desempleados que podrían realizarlos, mientras a su vez, seguimos soportando con nuestras importaciones la empleabilidad en otras zonas geográficas.
Se hace necesario repensar el diseño de nuestra estructura socioeconómica. La trayectoria del país, con una balanza de pagos desequilibrada permanentemente no es sostenible y nuestra productividad, sin inversiones, seguirá empeorando haciéndonos menos competitivos.El mundo liberal es bueno cuando uno es el lobo, pero cuando es el cordero, necesita cierta protección, la seguridad del rebaño, a cambio de libertad.Hemos sido incapaces de protegernos a nosotros mismos cuando nos hemos metido en el bosque del euro y hemos abandonado el redil de las monedas nacionales.
Hemos salido a cazar pero nos han cazado. No estamos preparados, como se ha demostrado, para protegernos de forma voluntaria de lo que las monedas nacionales hacían de forma automática. Tenemos que conseguir ésta preparación, no queda otro remedio. Ésta es una tarea alargo plazo, veinte años como mínimo, que sólo se conseguirá si nuestra clase política es capaz de llegar a acuerdos y planificar a largo plazo. Y lo primero es buscar la forma de emplear nuestros propios recursos. Como bien reflexionaban los analistas norteamericanos, algo hay que cambiar para volver a localizar el trabajo en nuestra sociedad.
Y esto solo tiene una forma, equilibrar la balanza de pagos. Ese saldo negativo se transforma directamente en deuda externa, las matemáticas son inflexibles, es lo que tienen. Debemos ser austeros en las importaciones, pero no en el consumo de producción propia, aquí habría que hacer todo lo contrario (mientras esto no signifique abrir y cerrar zanjas, que efectivamente suma al PIB pero no produce nada). Por lo tanto, tenemos cuatro escenarios posibles.
1.- Aumentar las exportaciones. Esto no va a ser posible debido a que la empresa privada no está en disposición de invertir en tecnología y sus empleados, los auténticos generadores de innovación, están salarialmente desmotivados. Con estos ingredientes, esperar una mejora de la posición competitiva del país es algo ilusorio.
2.- Sustituir las importaciones por producción propia. Esto tampoco ocurre en un sistema de libre comercio, donde la decisión individual de compra siempre se decantará por el producto más ventajoso. Hace falta cierto tipo de proteccionismo, bien implementado enforma de leyes (véase la Buy American Act, en Estados Unidos) o por concienciación social, identidad ysentido de pertenencia, como puede verse en algunas culturas.
3.- Esperar un rescate continuado. Un rescate sin resolver los puntos uno o dos es como achicar el agua de un barco sin cerrar la vía. No funciona en el largo plazo. Un rescate continuado es una ficción.
4.-Volver a la moneda nacional, que resuelve todo lo anterior de forma automática. ¿Que opción nos queda? ¡Ojala me equivoque!, de verdad.
Hugo Rubio,
Profesor de Marketing del Centro Universitario CESINE


























